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Solo UNA cosa de Gary Keller y Jay Papasan, resumen del libro

La sorprendentemente simple verdad detrás de resultados extraordinarios
by The Blinkist Team | Jun 26 2023

En este resumen del popular libro Solo UNA cosa de Gary Keller y Jay Papasan te presentamos las ideas principales de este clásico best-seller.

 

Sinopsis

Solo UNA cosa (2013) los ayudará a descubrir su meta más importante y les brindará herramientas para asegurarse de usar su tiempo en forma productiva para alcanzarla. El libro revela que muchas de las máximas que aceptamos como buenas prácticas en realidad son mitos que solo impiden nuestro progreso. También ofrece consejos sobre cómo vivir la vida teniendo prioridades, un propósito y productividad, sin provocar el desequilibrio de los demás aspectos, porque esta es la forma de realizar el tipo de trabajo enfocado que conduce al gran éxito.

 

¿A quién está dirigido?

  • A cualquier persona que busque mejorar su productividad
  • A cualquier persona que no tenga el tiempo necesario para dedicarle a su meta
  • A cualquier persona que busque tener más claridad y propósito en su vida cotidiana

 

Acerca del autor

Gary Keller es cofundador y presidente de la junta directiva de Keller Williams Realty International, una empresa que, gracias a él, pasó de ser una pequeña oficina en Austin (Texas) a la mayor empresa inmobiliaria de los Estados Unidos. Sus tres libros anteriores formaban la colección Millionaire Real Estate Series y todos han sido best sellers.

Jay Papasan es el editor ejecutivo y vicepresidente editorial de Keller Williams Realty, y presidente de Rellek Publishing. También es coautor de numerosos libros que han sido éxitos en ventas, entre los que se incluye la colección Millionaire Real Estate Series.

 

No pensar en grande puede limitar sus oportunidades.

Cuando Arthur Guinness estableció su primera fábrica de cerveza, estaba claro que tenía planes más ambiciosos que producir unos cuantos barriles de cerveza negra: firmó un contrato de alquiler del edificio por 9 mil años. Del mismo modo, cuando J. K. Rowling concibió la idea de Harry Potter, imaginó siete libros sobre la vida en Hogwarts antes de escribir siquiera el primer capítulo del primero de ellos.

Ambas personas llegaron a tener un éxito extraordinario, en gran parte porque no temían pensar en grande: empezar con una gran visión del éxito antes de comenzar a trabajar para conseguirlo. Es difícil imaginar que habrían alcanzado un éxito tan grande si no hubieran pensado en grande desde el principio.

Sin embargo, para la mayoría de la gente, la idea de grandes ideas o grandes logros resulta desalentadora y se asocia con sensaciones negativas, como sentirse abrumado e intimidado. Estos pensamientos negativos a menudo impiden que la gente piense en grande.

Cuando no pensamos en grande y permitimos que estas asociaciones negativas nos dominen, nuestro pensamiento se encoge y minimizamos nuestras perspectivas. Limitamos activamente nuestros logros potenciales, condenándonos a la mediocridad.

Pensemos en la ciencia y en cuántos de sus avances se habrían estancado si alguien no se hubiera atrevido a pensar en posibilidades antes inimaginables, como que el ser humano pudiera respirar bajo el agua, volar por el aire o explorar el espacio. La historia nos dice que hemos fracasado a la hora de estimar nuestros límites, así que no debemos dejar que las limitaciones que percibimos restrinjan nuestras aspiraciones.

El éxito requiere acción y la acción requiere pensamiento. Pero para conseguir resultados extraordinarios, nuestras acciones tienen que basarse, en primer lugar, en un gran pensamiento.

No pensar en grande puede limitar sus oportunidades.

 

Prioricen sus tareas: no todas son igual de importantes.

La mayoría de la gente, de vez en cuando, hace listas de “cosas por hacer” para controlar todas las tareas que tiene que realizar. Pero una vez que tenemos a mano la lista, ¿cómo decidimos en cuál de esas tareas vamos a trabajar primero?

¿Empiezan por las que demandan más tiempo o van tachando primero las tareas más sencillas? ¿Tal vez simplemente trabajan en ellas en el orden en que fueron escritas?

Estos enfoques no tienen en cuenta un punto clave: no todos los elementos de la lista son igual de importantes.

De hecho, es probable que solo unos pocos tengan un impacto profundo y, por lo tanto, hay que darles la máxima prioridad.

Esta conclusión se puede extraer del trabajo de Joseph M. Juran, pionero de la gestión del control de calidad. Mientras trabajaba para General Motors, descubrió que la mayoría de los defectos de sus automóviles procedían de unas pocas fallas de producción. Estaba claro que solucionar esas fallas debía ser su máxima prioridad.

Juran bautizó su hallazgo como Principio de Pareto, en honor a un economista italiano, Vilfredo Pareto, que redactó un modelo de distribución de la riqueza y la renta en la Italia del siglo XIX. En el modelo, Pareto demostró que el 80 % de la tierra estaba en manos del 20 % de las personas. Juran había observado que estas proporciones coincidían con las suyas: El 80 % de los defectos procedía de solo el 20 % de las fallas.

También se dio cuenta de que este principio del 80/20 puede ser, de hecho, una ley universal: El 80 % de los resultados o productos se obtiene siempre con el 20 % del trabajo o los insumos.

Las implicancias de este principio son claras: las tareas de su lista no son igual de importantes. Apenas un pequeño número de ellas contribuirá en mayor medida a su éxito. Prioricen sus tareas para concentrarse en las que lograrán la mayor proporción de resultados.

Prioricen sus tareas: no todas son igual de importantes.

 

Plantearse la “pregunta enfocada” los ayudará a priorizar, crear tareas fáciles de concretar y alcanzar sus objetivos.

Sobre el tema del éxito, Mark Twain dijo una vez:

“El secreto para salir adelante es empezar. El secreto para empezar es dividir las complejas y abrumadoras tareas en pequeñas tareas manejables, y empezar por la primera”.

Este es un gran consejo, pero saber adónde quieren ir y cuál debería ser la primera tarea para llegar allí puede resultar difícil. Ante este enigma es útil plantearse la pregunta enfocada, una pregunta diseñada específicamente para ayudarlos a identificar tanto el lugar al que quieren ir como la forma de iniciar el viaje:

“¿Cuál es esa ÚNICA cosa que puedo hacer, de tal manera que al hacerla todo lo demás será más fácil o innecesario?”.

Esta pregunta puede formularse en dos niveles, cada uno de los cuales tiene su propia función:

En primer lugar, a nivel macro, la pregunta enfocada puede ayudarlos a ver la perspectiva global e identificar su objetivo general: solo UNA cosa que quieren hacer y lograr en la vida. Por ejemplo, en este caso, su ÚNICA cosa podría ser su objetivo profesional general.

En segundo lugar, en un nivel más práctico y a corto plazo, la pregunta enfocada les brinda un pequeño enfoque que les permitirá priorizar sus opciones inmediatas y seleccionar la tarea más eficaz para empezar. Aquí, busquen solo UNA cosa que pueden hacer ahora mismo. Por ejemplo: “Realizar esa llamada telefónica”.

El primer nivel consiste en encontrar la dirección apropiada en la vida. El segundo, en elegir la acción correcta.

Formularse repetidamente la pregunta enfocada no solo los mantendrá orientados hacia su objetivo, sino que les proporcionará pasos concretos que se organizarán unos tras otros y generarán progreso e impulso. Sigan haciéndose la pregunta y, ¿quién sabe lo que puedan conseguir?

Plantearse la “pregunta enfocada” los ayudará a priorizar, crear tareas fáciles de concretar y alcanzar sus objetivos.

El secreto de una vida disciplinada es la formación secuencial de hábitos.

Cuando pensamos en alguien tan exitoso como Bill Gates, solemos atribuir su fenomenal éxito al extraordinario autocontrol que le permitió aprender a programar computadoras en sus años de formación. Este nivel de disciplina parece un objetivo inalcanzable. ¿Cómo pueden las personas de éxito mantener esa disciplina en forma constante?

Si observamos con detenimiento, vemos que la clave de su éxito no es tanto ser siempre muy disciplinados para mantenerse centrados y motivados, sino utilizar la disciplina de forma selectiva para formar buenos hábitos perdurables.

La historia de éxito de Michael Phelps es un ejemplo revelador. Es muy admirado por su concentración y disciplina pero, de hecho, cuando era niño se le diagnosticó un trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Pensaban que nunca sería capaz de concentrarse en nada.

¿Cómo consiguió cambiar las cosas?

Canalizó toda la disciplina que pudo reunir en el desarrollo de un único hábito: nadar todos los días. Durante casi una década –desde los 14 años hasta los Juegos Olímpicos de Pekín– entrenó siete días a la semana, los 365 días al año.

Un hábito es tan solo el comienzo. Los hábitos son mucho más fáciles de mantener que de empezar, así que una vez que algo se convierte en un hábito, pueden orientar su disciplina para formar uno nuevo y luego reforzarlos de forma secuencial. Por ejemplo, pueden empezar por llegar a la oficina 30 minutos antes cada día para leer los correos electrónicos antes de que lleguen sus compañeros de trabajo. Una vez establecido este hábito, pueden ampliarlo canalizando su disciplina para mantenerse concentrados en una tarea concreta durante períodos más prolongados. Una vez que se ha fijado este hábito, pueden pasar al siguiente.

La creación de hábitos positivos mediante la aplicación selectiva de la disciplina les dará la apariencia y los beneficios de una vida disciplinada, sin necesidad de una tener una disciplina sobrehumana.

El secreto de una vida disciplinada es la formación secuencial de hábitos.

 

Ser multitareas es terriblemente ineficiente: elijan una cosa y dedíquenle toda su atención.

Hoy en día, en general se acepta que ser multitareas es una forma efectiva de hacer las cosas. Es normal que entendamos el término como: hacer dos o más cosas en forma simultánea. Pero en su origen se acuñó para describir una computadora que utilizaba un único procesador para trabajar en diversas tareas, alternando entre ellas en rápida sucesión. Una distinción que, por cierto, es muy reveladora.

Aunque podemos hacer algunas cosas al mismo tiempo (por ejemplo, caminar y hablar por teléfono), lo que no podemos hacer es concentrarnos de manera efectiva en dos tareas al mismo tiempo. Esto significa que, con frecuencia, cuando pensamos que somos multitareas, en realidad estamos haciendo malabarismos con dos o más tareas a la vez, cambiando la atención de una cosa a la otra tal como hace una computadora.

Las investigaciones han demostrado que, para los seres humanos, este cambio de tareas supone una pérdida de tiempo, ya que se necesita tiempo para pasar de una tarea a otra. Este costo de tiempo puede ser pequeño, en el caso de aquellas tareas relativamente sencillas, pero aumenta mucho cuando la tarea a la que se regresa es más compleja.

Por ejemplo, si están trabajando en una compleja hoja de cálculo y un compañero de trabajo los interrumpe para discutir un problema de negocios complicado, perderán tiempo cuando vuelvan a la hoja de cálculo y se esfuercen por recordar en qué punto del proceso estaban y qué intentaban conseguir.

A lo largo del día, estas pérdidas de tiempo se acumulan rápidamente, sobre todo en el entorno laboral. Se calcula que, en promedio, las personas que trabajan en una oficina se distraen cada 11 minutos y pasan hasta un tercio de la jornada laboral recuperando el tiempo perdido en estas distracciones. ¿Pueden realmente permitirse perder un tercio de su jornada laboral?

Intenten descubrir qué es lo más importante en ese momento y dedíquenle toda tu atención.

Ser multitareas es terriblemente ineficiente: elijan una cosa y dedíquenle toda su atención.

 

Su fuerza de voluntad es como un depósito de combustible: elijan con cuidado dónde la usan o pueden quedarse sin ella cuando realmente la necesiten.

La mayoría de las personas son muy conscientes de que no tienen una férrea fuerza de voluntad. Sin embargo, lo sorprendente es que las investigaciones han demostrado que nuestra fuerza de voluntad, lejos de ser un recurso constante, se agota a lo largo del día, dependiendo de las actividades que realicemos.

Por ejemplo, nuestra fuerza de voluntad se agota cuando tomamos decisiones para enfocar nuestra atención, reprimir nuestras emociones o modificar nuestro comportamiento en busca de un objetivo. Cuando nuestra fuerza de voluntad se ha agotado, somos menos capaces de ponerla en práctica en caso de que otras tareas requieran este recurso.

Esto explicaría por qué pueden ser incapaces de resistirse a un sabroso bocadillo después de un periodo de toma de decisiones difíciles o de un trabajo tedioso.

Ceder a un placer que genera culpa es una cosa, pero si están tomando decisiones de vida o muerte cuando su fuerza de voluntad es baja, las consecuencias pueden ser mucho más graves.

Para los presos, pocas decisiones son tan importantes como el fallo de la próxima audiencia de la junta que analiza su libertad condicional. ¿Podría influir en decisiones de tanta relevancia algo tan arbitrario como la hora del día?

Una investigación realizada con jueces israelíes que deciden sobre la libertad condicional demuestra que sí: los jueces eran mucho más propensos a dictar sentencias favorables al principio de una audiencia de libertad condicional que hacia el final. Esto se debe a que los jueces tendían a basarse en la decisión por defecto de “no conceder la libertad condicional” a medida que avanzaba el día y su fuerza de voluntad se agotaba. La tasa de fallos favorables volvía a aumentar después de tomarse un descanso y un refrigerio.

Para tener la fuerza de voluntad funcionando a pleno es necesario tener el “tanque lleno”, así que planifiquen su día para poder evitar tomar decisiones o emitir juicios importantes cuando se estén quedando sin ese valioso recurso.

Su fuerza de voluntad es como un depósito de combustible: elijan con cuidado dónde la usan o pueden quedarse sin ella cuando realmente la necesiten.

 

Decir “no” a las tareas sin importancia es vital para centrar sus esfuerzos en las cosas más importantes.

Todos luchamos en algún momento por decir que no a lo que nos piden, porque queremos ser útiles. Ayudar a los demás puede ser muy gratificante. Pero para preservar su tiempo y energía para sus objetivos más importantes, tienen que aprender a decir no a los pedidos menos prioritarios.

Steve Jobs fue famoso por estar tan orgulloso de los proyectos que no llevó a cabo como de aquellos que sí. Cuando volvió a Apple en 1997, redujo la producción de la empresa de 350 productos a apenas diez. Son muchos “no”. En una conferencia de desarrolladores en 1997, explicó: “Cuando uno piensa en concentrarse, se dice a sí mismo: ‘Concentrarse es decir que sí’. ¡No! Concentrarse es decir que no”.

Decirles que no a las personas todo el tiempo no tiene por qué parecer algo tan frío o egoísta. Siempre pueden intentar darles una solución alternativa que no requiera su ayuda, o redirigirlos hacia alguien que sí pueda asistirlos.

Piensen también en poner en práctica estrategias que reduzcan los pedidos que reciben. Por ejemplo, pueden pedirle al personal que consulte una lista de preguntas frecuentes antes de dirigirse a ustedes. Esto puede ayudar, pero recuerden: a veces tendrán que rechazar a la gente si quieren tener éxito.

Con tiempo y recursos limitados, deben estar preparados para decir que no a tareas triviales si quiere concentrar toda su energía y conseguir que se concreten las cosas más importantes.

Decir “no” a las tareas sin importancia es vital para centrar sus esfuerzos en las cosas más importantes.

 

Vivir con un propósito y visualizar los pasos para llegar a su objetivo los pondrá en el camino correcto para obtener resultados extraordinarios.

Imaginen por un momento que hoy en día no tienen ningún objetivo o ambición concreta. Estando así, a la deriva, ¿cómo decidirían qué hacer cada día? ¿Creen que perseverarían en una tarea difícil y tediosa sin saber por qué lo hacen?

Cuando imaginamos el escenario anterior, nos damos cuenta de lo importante que es tener un objetivo claro por el cual trabajar. Le da a su vida un sentido y un propósito adicionales, lo que genera una mayor claridad de pensamiento, más convicción en sus acciones y decisiones más rápidas. Pero lo más importante es que saber por qué hacen lo que hacen les brinda inspiración y motivación cuando surgen los problemas.

Con un objetivo establecido, pueden empezar a planificar los pasos para alcanzarlo, pero es aún mejor si también visualizan cada paso en el camino, ya que esto los motiva y los prepara para el trayecto que tienen por delante. Estos efectos beneficiosos se demostraron en un estudio con estudiantes, a quienes se les pidió que, al hacer un examen, visualizaran el resultado del mismo o el proceso de preparación y realización. Los estudiantes que visualizaron el proceso informaron tener mayores niveles de motivación, estaban mejor preparados y luego obtuvieron mejores resultados.

¿Recuerdan la imagen de estar a la deriva al principio de este blink? Ahora imaginen que han encontrado su vocación: quieren escalar el Monte Everest. De repente, su objetivo está claro: es esa ÚNICA cosa que quieren hacer. Ahora tienen que investigar, empezar a entrenar y conseguir el equipo adecuado. Gracias a su objetivo, ya están haciendo planes, visualizando los pasos a seguir y avanzando hacia él.

Definir un objetivo —esa ÚNICA cosa que queremos hacer y conseguir en la vida— es algo por lo que todos deberíamos esforzarnos.

Vivir con un propósito y visualizar los pasos para llegar a su objetivo los pondrá en el camino correcto para obtener resultados extraordinarios.
 


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