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Las buenas ideas de Steven Johnson, resumen del libro

Una historia natural de la innovación
by The Blinkist Team | Jun 28 2023

 

Sinopsis

Las buenas ideas (2011) examina la evolución de la vida en la Tierra y la historia de la ciencia. Este libro éxito de ventas del New York Times señala muchos paralelismos entre las dos, que van desde los átomos de carbono que forman los primeros bloques de construcción de la vida hasta las ciudades e internet, que fomentan grandes innovaciones y descubrimientos.

Además de presentar este extenso análisis, repleto de anécdotas y evidencias científicas, Johnson examina cómo se puede cultivar la creatividad individual e institucional.

 

¿A quién está dirigido?

  • A los interesados en la historia de la ciencia y la innovación, y sobre todo en anécdotas fascinantes de grandes descubrimientos.
  • A quienes quieran ser más creativos e innovadores, o que deseen fomentar estos rasgos en el ámbito institucional.
  • A cualquier persona interesada en la evolución de la vida en la Tierra.

 

Acerca del autor

Steven Johnson es un famoso escritor estadounidense de divulgación científica. Colabora regularmente con The Wall Street Journal, The New York Times y The Financial Times, y entre sus libros éxitos de venta anteriores se encuentran Everything Bad is Good for You y El mapa fantasma.

El propósito del libro Las buenas ideas es examinar y explicar la clase de ambientes que históricamente han fomentado la innovación.

 

La evolución y la innovación suelen ocurrir en el reino de lo posible adyacente.

Hace cuatro mil millones de años, en el caldo primitivo bullían átomos de carbono. Pero, en los comienzos de la vida, esos átomos no se agruparon espontáneamente en formas de vida complejas como los girasoles ni las ardillas.

Antes tuvieron que formar estructuras más simples como moléculas, polímeros, proteínas, células, organismos primitivos y así sucesivamente. Cada paso a lo largo del camino abría posibilidades de nuevas combinaciones, lo que extendía el reino de lo posible, hasta que finalmente un átomo de carbono pudo asentarse en un girasol.

De igual manera, no era posible crear eBay en los años cincuenta. Antes alguien tuvo que inventar las computadoras; luego, una manera de conectarlas entre sí; después, una red mundial de comunicaciones que las personas exploraran y, por último, una plataforma que admitiera pagos en línea.

Tanto la evolución como la innovación tienden a producirse dentro de los límites de lo posible adyacente; es decir, en el reino de las posibilidades disponibles en un momento dado.

Los grandes saltos más allá de lo posible adyacente son poco comunes y están condenados al fracaso a corto plazo, si el ambiente todavía no es propicio para ellos. Si YouTube se hubiera lanzado en los años noventa, habría fracasado porque entonces no se disponía ni de las conexiones rápidas a internet ni del software necesario para ver videos.

El predominio de múltiples en la innovación subraya cómo lo posible adyacente está limitado por partes y conocimiento existentes. Un múltiple ocurre cuando varias personas hacen de manera independiente el mismo descubrimiento casi a la vez.

Carl Wilhelm Scheele y Joseph Priestley aislaron el oxígeno en 1772 y en 1774, respectivamente, sin conocer uno el hallazgo del otro. Lo que sí tenían en común era el punto de partida, pues su búsqueda del oxígeno solo pudo comenzar cuando se descubrió la naturaleza gaseosa del aire. Por lo tanto, era inevitable que algunos científicos llegaran a sus descubrimientos aproximadamente al mismo tiempo.

 

Las ideas que cambian el mundo generalmente evolucionan con el tiempo como corazonadas lentas y no surgen como innovaciones repentinas.

Aunque, en retrospectiva, los grandes descubrimientos parecen momentos de hallazgo únicos y definibles, en realidad, suelen manifestarse muy de a poco. Son como corazonadas lentas que maduran gradualmente, y exigen tiempo y ejercitación para dar frutos.

Según Darwin, la teoría de la selección natural se le ocurrió mientras reflexionaba en los escritos de Malthus sobre el crecimiento de la población. Pero los cuadernos de Darwin revelan que, mucho antes de esta supuesta revelación, ya había descrito una teoría casi completa de la selección natural. Con el tiempo, esta corazonada lenta maduró hasta volverse una teoría plenamente formada.

Solo en retrospectiva la idea parece tan evidente que nos induce a creer que se concibió en un instante de intuición. Al oír hablar por primera vez de la teoría, un partidario de Darwin exclamó: “¡Qué increíblemente estúpido no haberlo pensado!”.

Otra corazonada lenta condujo a una revolución sobre la manera en que compartimos la información hoy en día: la red informática mundial o internet.

De niño, Tim Berners-Lee leyó un libro de instrucciones de la época victoriana y quedó fascinado con el “portal de información” que había encontrado. Más de 10 años después, trabajando como consultor en el laboratorio suizo de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) e inspirado en parte por el libro, realizó un proyecto secundario con el que logró almacenar y conectar conjuntos de datos como nodos en una red. Una década más tarde, el CERN lo autorizó oficialmente a trabajar en el proyecto, que maduró hasta convertirse en una red donde documentos almacenados en distintas computadoras podían conectarse mediante enlaces de hipertexto. Después de décadas de maduración y desarrollo de la corazonada lenta de Berners-Lee, nació internet.

 

Las plataformas son como trampolines para las innovaciones.

Los ecologistas llaman especies clave a los organismos de gran importancia para el bienestar de un ecosistema. En una isla pequeña sin otros depredadores, una manada de lobos mantiene a raya la población de ovejas, lo que les impide acabar con la vegetación de la isla y destruir todo el ecosistema.

Hace unos 20 años, los ecologistas entendieron que un tipo muy específico y fundamental de especie clave garantizaba plenamente su término. Los ingenieros de ecosistemas, de hecho, crean hábitats para distintos organismos construyendo plataformas de las que se benefician varias especies. Piensen, por ejemplo, en los castores que detienen el flujo de los ríos, lo que convierte los bosques en humedales, o los corales que construyen florecientes arrecifes en medio del océano.

Estos tipos de plataformas también existen en el mundo de la innovación y se usan como trampolines para saltar a lo posible adyacente. El sistema de geolocalización (GPS) es un buen ejemplo de este tipo de plataformas. Creado originalmente para uso militar, ha generado incontables innovaciones, desde geolocalizadores hasta servicios y publicidad basados en la ubicación geográfica.

Las plataformas, a menudo, se superponen entre sí; es decir, una plataforma ofrece la base para otras más, que, a su vez, crean otras incontables innovaciones.

Los castores derriban árboles que se pudren y atraen a los pájaros carpinteros, que construyen en ellos agujeros de anidación. Y, cuando se van los pájaros carpinteros, las aves cantoras ocupan los agujeros. El pájaro carpintero crea una plataforma para las aves cantoras.

La historia de Twitter es similar. La Red se basó en protocolos que ya existían, Twitter se construyó en la Web, y ahora se han creado incontables aplicaciones sobre la plataforma de Twitter. Lo posible adyacente se expande en cada paso.

 

La innovación y la evolución florecen en grandes redes.

La base de toda la vida en la Tierra (y probablemente de cualquier vida extraterrestre en el universo) es el carbono, porque es esencialmente bueno para conectarse con otros átomos y así puede construir cadenas complejas de moléculas. Estas conexiones permiten que surjan nuevas estructuras, como las proteínas. Sin carbono, probablemente la Tierra seguiría siendo un caldo inerte de sustancias químicas.

Las conexiones también facilitan las ideas. Cuando los humanos empezaron a organizarse para formar asentamientos, pueblos y ciudades, se convirtieron en miembros de redes que los expusieron a nuevas ideas y les permitieron difundir sus descubrimientos. Antes de que existieran esas conexiones, si a una persona se le ocurría una idea, esta podía morir con la persona, pues no había ninguna red donde difundirla. Las grandes ideas surgen en las multitudes.

Para entender mejor las raíces de los avances científicos, en los años noventa, unos psicólogos decidieron tomar nota de lo que pasaba en cuatro laboratorios de biología molecular. Uno se imagina que, en el campo de la biología molecular, los grandes avances se logran mirando por un microscopio. Curiosamente, resultó que las ideas más importantes surgían durante las reuniones periódicas de los científicos, donde estos discutían informalmente su trabajo.

Otros estudios han demostrado que los individuos más creativos tienen amplias redes sociales que se extienden más allá de la institución donde trabajan, por lo que obtienen ideas nuevas de fuentes muy diversas.

Las ciudades facilitan la existencia de esas grandes redes, que permiten la difusión de las ideas y su combinación de maneras novedosas. Esta es una de las razones por las que las ciudades son desproporcionadamente más creativas que las poblaciones de menor tamaño. Sin embargo, hoy en día la mayor red creativa no es una ciudad, sino la red informática mundial, que crea, conecta y difunde las ideas con más eficacia que cualquier otra red anterior.

 

La colaboración es un motor de innovación tan importante como la competencia.

La posibilidad de que los inventores y emprendedores capitalicen sus descubrimientos suele citarse como un motor fundamental de la innovación. Pero, si bien es cierto que el potencial de comercialización de los inventos estimula la innovación, también genera patentes y otras restricciones que obstaculizan la circulación y el desarrollo sucesivo de las ideas.

Por lo tanto, en lo que corresponde a la innovación, los mismos mercados que deberían garantizar la eficiencia premiando a los inventores son de hecho estructuralmente ineficientes porque impiden de manera artificial la propagación y combinación de las ideas.

En los últimos 600 años, los grandes inventos y descubrimientos parecen haber surgido lejos de inventores individuales y dentro de redes de personas. Y los mercados no han recompensado la mayoría de los grandes descubrimientos, ni siquiera en los albores ni el florecimiento del capitalismo. La red informática mundial, la teoría de la relatividad, las computadoras, los rayos X, los marcapasos y la penicilina son tan solo algunos ejemplos de hallazgos cuyos inventores no se vieron beneficiados.

Sin duda, la innovación impulsada por el mercado ha sido más eficaz que la que surgió en economías planificadas como la Unión Soviética, pero no por ello puede decirse que sea el camino óptimo hacia el futuro. No podemos negar que los inventores merecen ser premiados, pero la verdadera pregunta debe ser cómo impulsar la innovación en general.

En El origen de las especies, el propio Darwin insistió no solo en la maravilla de colaboración compleja entre las especies, sino en la selección natural que proviene de la competencia por los recursos. De manera parecida, las redes abiertas de conexiones entre innovaciones pueden ser tan productivas como la competencia intensa. Los mercados libres han estimulado mucho la innovación, pero también lo ha hecho la modalidad colaborativa y abierta de compartir el conocimiento en redes.

 

Las conexiones fortuitas entre ideas impulsan la innovación.

La propiedad del carbono de conectarse con otros átomos fue esencial para la evolución de la vida, pero también se necesitó una segunda fuerza aleatoria: el agua.

El agua se mueve y se agita, lo que disuelve y erosiona todo lo que se le cruza. Esto fomentó nuevas clases de conexiones entre los átomos en el caldo primordial. La misma importancia tuvieron los fuertes enlaces de hidrógeno de las moléculas de agua que ayudaron a mantener las conexiones.

Esta mezcla de turbulencia y estabilidad explica por qué las redes líquidas son óptimas tanto para la evolución de la vida como para la creatividad. Las redes innovadoras también se balancean al borde del caos, en el fructífero reino entre el orden y la anarquía, igual que el agua.

Las conexiones casuales impulsan descubrimientos fortuitos. Los sueños, por ejemplo, son el caldo primordial de la innovación, donde las ideas se conectan aparentemente al azar. De hecho, los neurocientíficos han confirmado que “consultar con la almohada” un problema ayuda en gran medida a resolverlo. Hace más de un siglo, el químico alemán Kekulé soñó con una serpiente mitológica que devoraba su propia cola y luego se dio cuenta de que un anillo de átomos de carbono formaba la molécula del benceno.

Pero parece que el caos y la creatividad están asociados incluso en un nivel neurológico.

Las ideas son, de hecho, manifestaciones de una compleja red de neuronas que se activan en el cerebro y las nuevas ideas solo son posibles cuando se forman nuevas conexiones.

Por alguna razón, las neuronas del cerebro alternan entre estados de caos (en los que se activan sin ninguna sincronía entre sí) y estados organizados de enganche de fase (en los que grandes grupos de neuronas se activan exactamente a la misma frecuencia).

El tiempo que permanecen en un estado u otro varía de un cerebro a otro. En contra de lo que cabría suponer, los estudios han demostrado que cuanto más largos son los lapsos de caos que el cerebro de una persona experimenta, más inteligente es la persona.

 

Un espacio intelectual o físico compartido puede facilitar hallazgos fortuitos.

Cuando las ideas convergen en un espacio físico o intelectual compartido, por ejemplo, mediante el encuentro de personas de distintas disciplinas, se generan colisiones creativas. Piensen en las innovaciones culturales modernistas de los años de 1920 del siglo pasado. Muchas de ellas fueron, en gran parte, producto del encuentro de artistas, poetas y escritores en los mismos cafés parisinos. Las interacciones de los encuentros permiten que las ideas se difundan, circulen y se combinen al azar entre sí.

A nivel individual, facilitar esas conexiones fortuitas solo es cuestión de combinar simultáneamente en la conciencia ideas de distintas disciplinas. Las personas innovadoras como Benjamin Franklin y Charles Darwin preferían trabajar en múltiples proyectos al mismo tiempo, en una especie de multifuncionalidad lenta. Un proyecto ocupaba el primer plano durante días, pero después se quedaba en segundo plano, de manera que podían surgir conexiones entre proyectos.

El filósofo John Locke entendía la importancia de remitir al lector de una parte a otra de una obra ya en 1652, cuando empezó a crear un elaborado sistema para indexar el contenido de su libro común, básicamente un álbum de pensamientos y hallazgos interesantes. Estos libros constituían su archivo de ideas y corazonadas, que allí maduraban a la espera de conectarse con ideas nuevas.

A nivel institucional, la clave de la innovación y la inspiración es una red que permite que las corazonadas maduren, se diseminen y se combinen con otras abiertamente.

La red actual más importante de este tipo es, desde luego, la red informática mundial, que solo ofrece acceso a una infinidad de ideas, sino que estas se encuentran enlazadas con hipervínculos para facilitar las conexiones entre diversas disciplinas.

 

Las grandes innovaciones surgen de ambientes que están, en parte, contaminados por el error.

El error está presente tanto en la evolución de la vida como en la innovación de las grandes ideas y no siempre es algo malo.

Piensen en la reproducción natural: los genes se transmiten de padres a hijos e incluyen “instrucciones de construcción” que indican cómo se desarrollará la descendencia. Si no hubiera mutaciones ocasionales, es decir, errores aleatorios en esas instrucciones, la evolución se hubiera detenido hace rato. Ni los colmillos del elefante ni las plumas del pavo real habrían aparecido si solo se hubieran propagado copias fieles de los genes que existían. Las mutaciones dotan a las criaturas de rasgos nuevos. Aunque la mayoría de los rasgos nuevos fracasan, los errores también dan resultado a algunos rasgos triunfantes y así impulsan la evolución.

De manera similar, Alexander Fleming descubrió la penicilina por error: sin querer, dejó que una muestra de bacterias se contaminara con moho y se empezó a preguntar qué había matado a las bacterias. De hecho, las grandes teorías científicas, a menudo, comienzan como pequeños errores molestos en la información, que demuestran una y otra vez que algo en la teoría dominante está mal.

Los errores sin explicación nos obligan a adoptar nuevas estrategias y a abandonar nuestros viejos supuestos.

En un estudio, el psicólogo Charlan Nemeth mostró a dos grupos de sujetos diapositivas con varios colores y les pidió que asociaran palabras libremente después de ver cada diapositiva. Aquí está la sorpresa: en el segundo grupo, Nemeth incluyó actores que ocasionalmente afirmaban ver colores distintos de los que en realidad se mostraban; por ejemplo, “verde” cuando la diapositiva era azul.

El primer grupo propuso solo las asociaciones más predecibles (por ejemplo, “cielo” con una diapositiva azul), mientras que el segundo fue mucho más creativo. El “error” introducido en el grupo obligó a los integrantes a considerar más posibilidades que solo las obvias.

La innovación se impulsa reinventando y reutilizando lo viejo.

Los biólogos evolutivos llaman exaptación al fenómeno por el que un rasgo adquirido originalmente para determinado propósito termina usándose de manera completamente distinta. Las plumas, por ejemplo, evolucionaron al principio como medio para regular la temperatura corporal, pero ahora su perfil aerodinámico ayuda a las aves a volar.

A menudo, las ideas también cambian su propósito sobre la marcha. Tim Berners-Lee creó la red informática mundial como herramienta para los académicos, pero su invento terminó convirtiéndose en una red para compras, redes sociales y pornografía, entre otras cosas. Por su parte, Johannes Gutenberg descubrió un uso novedoso para un invento de mil años de antigüedad: combinó la antigua tecnología de la prensa de tornillo para vino (usada para extraer el jugo de las uvas) con su conocimiento sobre metalurgia y fabricó la primera imprenta del mundo.

Los usos no convencionales de artículos e ideas previos, e incluso descartados, estimulan la innovación. Los zapateros de Nairobi fabrican sandalias de goma con neumáticos de automóviles y Gustave Flaubert escribió La educación sentimental como una nueva interpretación del antiguo género del Bildungsroman. Lo viejo se reforma en lo nuevo.

Los espacios descartados también se transforman mediante la innovación. Así como la estructura esquelética del coral muerto forma la base del rico y próspero ecosistema del arrecife, los edificios abandonados y los vecindarios decadentes, a menudo, son los primeros hogares de las subculturas urbanas innovadoras. Con frecuencia, su pensamiento y experimentación poco convencionales no encajan al principio en los glamurosos centros y calles comerciales; en cambio, los edificios antiguos les permiten interactuar y generar ideas que luego se difunden y se vierten en la corriente dominante.

Resumen final

El mensaje clave de este libro:

Tanto la evolución como la innovación florecen en redes colaborativas donde existen oportunidades de conexiones fortuitas. Los grandes descubrimientos suelen evolucionar como corazonadas lentas que, con el tiempo, maduran y se conectan con otras ideas.


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