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La bola de nieve de Alice Schroeder, resumen del libro

Warren Buffett y el negocio de la vida
by The Blinkist Team | Jun 27 2023

En este resumen del popular libro La bola de nieve de Alice Schroeder te presentamos las ideas principales de este clásico best-seller.

 

Sinopsis

“A los once años había ahorrado 120 dólares, que en 1941 eran muchísimo dinero. Usó el dinero para hacer su primera inversión. Compró seis acciones de la empresa Cities Service Preferred: tres para él y tres para su hermana Doris”.

La bola de nieve (2008) ofrece una reveladora mirada a la vida y la época de uno de los hombres más fascinantes del Estados Unidos moderno: Warren Buffett. Descubran cómo este hombre tímido y raro amasó su primer millón de dólares y cómo el seguir algunas reglas fundamentales le permitió convertirse en el hombre más rico del mundo.

 

Esta es una selección del personal de Blinkist.

“Warren Buffett es de las personas que parecen tener un toque mágico. ¡Parece como si supiera ciertos secretos del universo que nadie más conoce! Me encanta averiguar más sobre las razones de su éxito (¿se aprendía de memoria libros de texto?) e indagar qué lo mueve.” — Ben S., jefe de Audio en Blinkist

 

¿A quién está dirigido?

  • A inversores
  • A filántropos
  • A quienquiera que busque una historia inspiradora

 

Acerca de la autora

Alice Schroeder se inició profesionalmente como analista de seguros antes de hacer caso de la propuesta de Warren Buffett y dedicarse de tiempo completo a escribir. Ahora es columnista en Bloomberg News. La bola de nieve era el título de uno de los mejores diez libros de 2008 según la revista Time.

 

¿Qué beneficio ofrece? Conocer a uno de los grandes inversores de nuestra era.

Warren Buffett es probablemente el inversor más famoso de los siglos XX y XXI, y quizá incluso de todos los tiempos. Conocido como “el Oráculo de Omaha” o “el Sabio de Omaha”, con frecuencia se lo ve en los medios de comunicación expresando sus opiniones sobre negocios y política. Pero pocos saben lo que hace y aún menos cómo alcanzó la posición en que se encuentra hoy.

En estos blinks ahondamos en la vida de Warren Buffett y lo seguimos desde su infancia y sus primeros emprendimientos comerciales hasta su situación actual como sabio en la materia. Su historia ofrece una mirada intrigante y educativa al negocio de la vida.

En estos blinks descubrirán lo siguiente:

  • cómo logró Buffett hacer sus primeras inversiones a los 11 años;
  • Por qué las inversiones de Buffett son como una bola de nieve, y
  • de qué manera influyeron amigos como Kay Graham y Bill Gates en el Sabio de Omaha.

 

De niño, Warren Buffett encontraba consuelo y alegría en las estadísticas y los números.

Warren Buffett nació en Omaha, Nebraska, el 20 de agosto de 1930, apenas diez meses después del Martes Negro, la caída de la bolsa de valores que hundió a su país en la Gran Depresión.

Su padre, Howard, era un corredor de bolsa muy apreciado que logró vender valores y títulos confiables durante esa época desoladora. Así, a diferencia de muchas otras familias, los Buffett pudieron recuperarse de la recesión y vivir cómodamente durante la década de los treinta.

Sin embargo, esto no quiere decir que las cosas fueran fáciles para el joven Warren.

Su madre, Leila, era una mujer autoritaria y con carácter fuerte, tendencia desafortunada que la hacía culpar y avergonzar innecesariamente a sus hijos.

Atrapado en casa con esa madre sarcástica e impredecible, Warren estaba ansioso por hallar una vía de escape. La mayoría de las veces su hermana mayor, Doris, era el blanco de la cólera de su madre, pero Warren también buscó la manera de evitar el mal carácter de Leila y la encontró en los números, la probabilidad y los porcentajes.

Dos de las razones por las que le encantó la escuela eran que lo alejaba de casa y que allí aprendió más matemáticas.

Tras las clases de primero de primaria, Warren y su amigo Russ se sentaban en el porche de casa de Russ y anotaban las matrículas de los coches que pasaban. Sus padres pensaban que lo hacían para calcular las frecuencias de cada letra y número que figuraban en las placas, pero en realidad los niños creían en secreto que sus apuntes podían ayudar a la policía a atrapar a los ladrones de bancos, pues la calle era la única ruta posible para escapar del banco local.

A veces Warren podía alejarse de casa los fines de semana pasando el tiempo en la oficina de su papá, donde escribía con gusto los precios de las acciones en una pizarra.

Otros miembros de la familia notaron y alentaron el interés del joven Warren por los números, la probabilidad y la estadística. A los ocho años Warren recibió de su abuelo un regalo que lo deleitó: un libro sobre estadísticas de béisbol. Dedicó horas enteras a memorizar cada página.

Su querida tía Alice le dio otro regalo: un libro sobre el complejo juego de bridge, que despertó en él una obsesión de toda la vida.

Con esos libros maravillosos, Warren podía quedarse feliz en su cuarto, alejado de su impredecible madre, y pasar horas con compañeros más alentadores y confiables: los números.

 

Buffett empezó a ganar dinero y a invertir a una edad asombrosamente corta.

Si había algo que fascinaba a Warren más que los números, era el dinero.

Cuando tenía nueve años, Warren ya ganaba dinero vendiendo paquetes de chicles y botellas de Coca-Cola a sus vecinos. Un año después vendía cacahuates en partidos de fútbol americano en la Universidad de Omaha.

El interés de Warren en el dinero se intensificó en 1940, cuando vio en la biblioteca un libro titulado One Thousand Ways to Make $1,000 [Mil maneras de ganar mil dólares]. Buffett, de 10 años, se sintió inspirado al instante por el libro, y le confió a un amigo que tenía pensado ser millonario a los 35 años.

Sin duda estaba demostrando ser un niño resuelto: a los once años había ahorrado 120 dólares, que en 1941 eran muchísimo dinero.

Usó el dinero para hacer su primera inversión. Compró seis acciones de la compañía Cities Service Preferred: tres para él y tres para su hermana Doris.

En la escuela secundaria siguió haciendo trabajos eventuales; vendía pelotas de golf y compraba máquinas de pinball que alquilaba a barberías.

Pero sus ingresos aumentaron de verdad cuando empezó a repartir periódicos.

En 1942 su familia se había mudado a Washington, DC, cuando su padre fue elegido para servir en el Congreso como representante republicano del segundo distrito de Nebraska.

Fue allí donde Warren empezó a repartir periódicos y a vender suscripciones en tres rutas, en una de las cuales quedaban tres populares edificios de apartamentos donde vivían muchos senadores.

Como Warren ganaba una parte de los precios de suscripción que cobraba, era un repartidor de periódicos muy motivado y puntilloso para asegurarse de que los clientes pagaran.

Por entonces, asombrosamente, ganaba alrededor de 175 dólares al mes, más que la mayoría de los maestros de su escuela. Sus ahorros no tardaron en llegar a los mil dólares.

En 1944, a los 14 años, Warren presentó su primera declaración de impuestos. Consignó su reloj y su bicicleta como deducciones, y pagó en total siete dólares.

 

Después de estudiar negocios en la universidad, Buffett aprendió de sus maestros los secretos del éxito en la bolsa.

Considerando su interés avasallador en el dinero y los números, no es de extrañar que sus compañeros de secundaria lo etiquetaran como “futuro corredor de bolsa” en el anuario de la escuela.

Tampoco era sorprendente que Buffett eligiera estudiar contabilidad y negocios en la Universidad de Nebraska.

Cuando se mudó de la casa familiar al campus universitario, se hizo evidente que era un tipo bastante desordenado. De hecho, a su primer compañero de dormitorio le molestaba tanto el desorden de Buffett que decidió mudarse al terminar el primer año.

Pero quizá lo que más frustraba al compañero era la capacidad de Buffett para memorizar sin esfuerzo secciones enteras de los libros de texto, que luego podía repetir a sus maestros al pie de la letra.

Esto le daba más tiempo para escuchar música y no ordenar su dormitorio, para gran molestia de quienes tenían que trabajar más duro para obtener notas aprobatorias.

Como a Buffett la universidad le parecía bastante fácil, se sorprendió mucho cuando, después de solicitar el ingreso a un programa de la Facultad de Negocios de Harvard, recibió una carta de rechazo.

Pero este aparente fracaso resultó afortunado. Buffett fue aceptado en la Universidad Columbia, donde estudió bajo la guía de Benjamin Graham, autor del libro

El inversor inteligente y hombre cuyo consejo dejó una honda huella en Buffett.

A Buffett el libro de Graham le inspiraba una afición entrañable, así que al saber que su autor enseñaba en Columbia, se olvidó para siempre de Harvard. También estaba entusiasmado con otra clase, impartida por David Dodd, autor de Security Analysis [Análisis de valores], otro libro que Buffett se había aprendido de memoria.

Ambos maestros le enseñaron a Buffett lecciones valiosas y estrategias fundamentales de inversión.

Por ejemplo, Buffett aprendió que era importante investigar una empresa de arriba abajo para determinar su valor intrínseco: la cantidad de dinero que vale realmente. Este valor se compara entonces con su valor percibido, que es a cuánto se venden las acciones en el mercado en el momento actual.

Cuando el valor intrínseco de una empresa es mucho más alto que su valor percibido, puede ser lo que Graham llamaba una “colilla de cigarro”: un negocio infravalorado en el que conviene invertir. El éxito de Graham radicaba en gran medida en el conocimiento de que es muy probable que el valor percibido se eleve con el tiempo hasta coincidir con el valor intrínseco.

 

Después de formar una familia, Buffett se convirtió en su propio jefe al fundar una sociedad singular.

Durante toda la universidad Buffett se sintió incómodo en presencia de las chicas. Su timidez era tan grande que incluso se inscribió en una clase de oratoria, esperando que aumentara su confianza y lo hiciera sentir menos incómodo.

Cuando tomó la clase, había una joven en particular a la que Buffett quería impresionar.

Se llamaba Susie Thompson, y aunque Buffett enseguida le cayó bien a su padre, le llevó una buena dosis de persistencia lograr que a Susie le gustara su extraño encanto.

Hecho un manojo de nervios, y demasiado ansioso por impresionar, Buffett al principio parecía arrogante y privilegiado. Pero una vez que Susie le dio una oportunidad, se dio cuenta de que su afectación no era más que un síntoma de su timidez e incomodidad, y con el tiempo se enamoró de su encantadora vulnerabilidad.

Se casaron en 1952, mientras Buffett se dedicaba a la enseñanza y a trabajar en la vieja empresa de inversiones de su padre.

Su primera hija, Susie Alice Buffett, nació en 1953, el mismo año en que Buffett consiguió el empleo con el que había soñado durante años: un puesto en la empresa de inversiones de Ben Graham, Graham-Newman.

Buffett no tardó en volverse la estrella en ascenso de Graham-Newman, aunque poco después se dio cuenta de que en realidad detestaba ser corredor de bolsa.

No soportaba la idea de elegir una inversión equivocada y perder el dinero de otra persona, a quien seguramente le había costado mucho ganarlo. Por eso pronto empezó a planear una sociedad propia.

Fue después de nacer su segundo hijo, Howie Graham Buffett, cuando se materializaron los planes de Warren de convertirse en su propio jefe. En 1956 creó Buffett Associates, Ltd.

La idea que había detrás de su sociedad era que solo admitiría amigos y familiares, y habría reglas simples para todas las inversiones, de modo que nadie se decepcionara ni tuviera expectativas poco realistas.

Al mismo tiempo, Ben Graham, su mentor y antiguo jefe, ensalzó la reputación de Buffett. Poco después de que Buffett dejó la empresa de Graham, este decidió jubilarse y cerrar la empresa. Pero en el proceso de retiro, recomendó a Buffett como hombre confiable para que sus clientes invirtieran su dinero con él.

 

En sus primeras sociedades, Buffett se apegó a una filosofía estricta que resultó muy exitosa.

En su primer año como emprendedor independiente, Buffett creó una serie de ocho sociedades basadas en distintos grupos de amigos que le dieron entre 50.000 y

120.000 dólares cada uno para invertir.

Cada vez que Buffett iniciaba una sociedad nueva, se aseguraba de que todos los socios entendían su filosofía.

Les decía a sus posibles socios que él solo invertía en acciones infravaloradas, y que reinvertía cualquier ganancia en las mismas acciones. En cierto modo era como hacer rodar una bola de nieve cuesta abajo: lo que empieza como un pequeño puñado con el tiempo termina creciendo cada vez más.

También se cercioraba de advertirles que no era de los inversores que liquidan un capital accionario cuando las acciones alcanzan cierto valor; él era paciente.

Y esa congruencia y paciencia rendían frutos. Al final de 1956 sus sociedades superaron el mercado en 4 por ciento; al término de 1957, en 10 por ciento, y al cabo de 1960, en 29 por ciento. La bola de nieve estaba rodando.

A principios de los años sesenta Buffett ya administraba un capital de más de 1 millón de dólares. Por entonces el mercado de valores estaba en alza; sin embargo, a diferencia de muchos otros inversores, el cambio del mercado no alteró su manera de hacer negocios.

Siguió buscando empresas infravaloradas, y cuando encontraba lo que quería, compraba el mayor número posible de acciones.

Así a menudo conseguía un asiento en el consejo de la empresa, y podía cerciorarse de que los ejecutivos no hacían ninguna tontería con el dinero de los inversores.

Asombrosamente, mientras administraba millones de dólares, Buffett seguía ocupándose de todo el papeleo. Pero en 1962 decidió hacer menos complicadas las cosas y disolvió todas sus sociedades y las integró en una sola sociedad: Buffett Partnership, Ltd.

Por esa época el éxito de Buffett empezó a conocerse fuera de Omaha y trascendió a Wall Street, donde se lo reconocía como uno de los pocos actores importantes que no trabajaban en Nueva York.

Sin embargo, algunos financieros establecidos seguían siendo escépticos y pronosticaron que se iría a la quiebra en cualquier momento.

 

A mediados de los años sesenta, la sociedad alcanzó el tamaño suficiente para que Buffett empezara a comprar empresas completas.

Una persona que reconoció desde el principio el talento de Warren Buffett era el abogado e inversor de tiempo parcial californiano Charlie Munger. Hombres de ideas afines, Buffett y Munger se hicieron amigos enseguida tras un largo almuerzo en 1959, y su amistad los llevó inevitablemente a una fructífera sociedad comercial.

La perspectiva de Munger abrió los ojos de Buffett a mayores posibilidades y le ayudó a darse cuenta de que podía seguir invirtiendo sobre seguro sin limitarse a las acciones infravaloradas.

De hecho, la sociedad de Buffett no tardaría en dar un enorme salto adelante gracias en gran medida a ciertas acciones que Buffett eligió en el momento más oportuno.

Cuando asesinaron a John F. Kennedy, en 1963, pocas personas ponían atención a otro acontecimiento. Pero a esas alturas Buffett era un hombre de costumbres y seguía escudriñando las últimas páginas de los periódicos, donde se encontró con una nota sobre un escándalo relativo a la soja en el que estaba implicada American Express.

Una subsidiaria de la empresa había certificado que ciertos tanques de almacenamiento contenían aceite de soja, pero luego se supo que estaban llenos de agua de mar. En consecuencia, las acciones de American Express sufrieron un duro revés. Pero esto no preocupaba a Buffett; sabía que la empresa se recuperaría.

Así que cuando los precios tocaron fondo, en enero de 1964, empezó a invertir poco a poco en American Express: 3 millones de dólares al principio, y en 1966, 13 millones.

Naturalmente, American Express se recuperó, y le produjo a la sociedad recompensas sin precedente, suficientes para que Buffett empezara a comprar empresas completas.

Una de las primeras adquisiciones fue un negocio que llegaría a definir a Buffett: la pequeña fábrica textil de Massachusetts Berkshire Hathaway.

Las investigaciones de Buffett revelaban que su valor intrínseco era de 22 millones de dólares, lo que implicaba que cada acción debía venderse a 19,46 dólares. Sin embargo, las acciones se vendían a solo 7,50 dólares.

En 1965, después de algunas negociaciones, Buffett adquirió una participación mayoritaria en Berkshire Hathaway comprando el 49 por ciento de la empresa a poco más de 11 dólares por acción.

Ese mismo año, Warren y Susie ganaron 2,5 millones de dólares adicionales gracias a la inversión en American Express, lo que significaba que Buffett había cumplido con creces su meta de ser millonario a los 35 años.

 

Las mayores adquisiciones trajeron consigo mayores problemas, y algunas reglas nuevas que seguir.

Aunque hoy en día Buffett está estrechamente asociado con Berkshire Hathaway, la empresa era tan problemática que Buffett llegaría a lamentar el haberse implicado en ella.

Pero Buffett no es de los inversores a los que les gusta recortar sus pérdidas, una filosofía que se remonta a antes de su asociación con Berkshire Hathaway.

En 1958 Buffett hizo una adquisición parecida de la empresa de Nebraska Dempster Mill Manufacturing, que fabricaba molinos extractores de agua y sistemas de riego.

Pero las cosas pronto se vinieron abajo: Buffett puso una administración inadecuada al frente de la empresa, esta se fue a la quiebra y él decidió liquidar los activos. En consecuencia, los trabajadores se quedaron sin empleo y la comunidad aledaña expresó abiertamente su aversión a Buffett.

Decidido a no permitir que jamás volviera a suceder lo mismo, Buffett se aseguró de que en Berkshire Hathaway estuviera a cargo de una persona idónea y de que la empresa se mantuviera a flote.

Esto suponía muchos retos, pues los costos de la industria textil se mantuvieron en aumento durante los años sesenta y setenta, y urgía modernizar la maquinaria de la empresa. Pero Buffett nunca derrochaba el dinero, por lo que dudaba mucho en inyectar más capital en una empresa que no daba ninguna garantía de volverse rentable.

Todo esto suponía que Berkshire Hathaway seguiría siendo una carga como industria textil. Aun así, Buffett la mantuvo con vida persistiendo en la compra de acciones ganadoras a nombre de la empresa siempre que se le presentaba la oportunidad, con lo que dio a Berkshire Hathaway una de las mejores carteras accionarias del mundo.

Pese a los problemas que representaba la empresa, a Buffett en general le iba de maravilla. A su sociedad de inversiones le iba tan bien que decidió cerrar sus puertas a nuevos socios y endurecer las reglas de inversión.

A fines de los años sesenta surgían cada vez más empresas tecnológicas, lo que motivó a Buffett a establecer una nueva regla: nunca compraría acciones de una empresa cuyos productos o servicios él no entendía perfectamente.

A Buffett le gustaban las cosas “fáciles, seguras, rentables y agradables”, lo que inspiró otra regla: ninguna relación con empresas que tuvieran posibles o probados “problemas humanos”, como despidos o cierres de plantas inminentes, o antecedentes de ejecutivos enemistados con sindicatos.

 

Al disolverse la sociedad, los Buffett empezaron a participar en emprendimientos más personales e individuales.

Aun después convertirse en millonario, Buffet siguió siendo un hombre bastante desaliñado a la hora de vestirse, a quien lo tenía sin cuidado su aspecto exterior. Le importaban mucho más los detalles y las características de las personas encargadas de sus negocios.

Las empresas confiables tienen una dirección confiable, de modo que cuando Buffett hacía sus adquisiciones, se aseguraba de que estaban dirigidas por las personas adecuadas.

Una de las principales razones por las que decidió comprar la tienda departamental de Baltimore Hochschild-Kohn, así como Associated Cotton Shops, que dirigía una cadena de tiendas, era el personal que trabajaba entre bastidores.

Buffett adoptó el hábito de reunirse con los directivos de las empresas y llegar a conocerlos bien. Quería asegurarse de que eran personas entusiastas en las que podía confiar.

Durante un tiempo Buffett puso la mira en la aseguradora de Omaha National Indemnity. Pero no fue sino hasta que conoció a Jack Ringwalt, a quien reconoció enseguida como excelente director, cuando decidió comprarla.

Fueron operaciones inteligentes, y a fines de 1966 la sociedad marchaba mejor que nunca, superando el mercado en 36 por ciento.

Buffett consideraba a los directores de las empresas —así como a sus socios inversores— como miembros de su familia. Y a fines de los años sesenta Buffett empezó a ofrecer a sus socios comprarles sus partes en la sociedad.

Era una manera de liquidar gradualmente la sociedad para que Susie y él pudieran dedicarse más a emprendimientos personales.

Susie seguía esperando que su esposo se retirara, o por lo menos dedicara más tiempo a sus hijos, que crecían a pasos agigantados sin mucha relación con su padre.

Susie también estaba ocupada: se había dedicado profesionalmente al canto y participaba en las apremiantes causas sociales de los Estados Unidos de los años sesenta: las protestas por los derechos civiles y contra la guerra.

El mismo Warren, que procuraba mantenerse alejado de la política, no pudo evitar participar en ella. En 1967 lo designaron tesorero de la oficina en Nebraska del candidato demócrata a la presidencia Eugene McCarthy.

La incursión de Warren en la política tenía mucho que ver con la muerte de su padre, que era un ferviente republicano. Cuando murió su padre, Buffett pudo al fin expresar sus opiniones políticas sin preocupase por decepcionarlo.

 

En los años setenta Buffett se interesó en la industria periodística.

Ya cuando repartía periódicos en Washington, DC, soñaba con un día ser dueño de un periódico. Y cuando en 1969 tuvo ganancias por 16 millones de dólares, estaba por fin en posibilidad de realizar ese sueño.

Ese año Buffett adquirió una participación mayoritaria en el Omaha Sun. Eso no solo cumplía uno de sus sueños, sino que con el tiempo lo llevaría a ganar un premio muy preciado.

En 1972 el Omaha Sun publicó un artículo investigativo sobre Boys Town, un albergue local para niños sin hogar que databa de 1917. Cuando se escribió el artículo, el albergue se había convertido en un enorme complejo de 526 hectáreas, con granja y estadio propios.

Curiosamente, sin embargo, solo albergaba a 665 niños y tenía 600 empleados.

Parecía que algo sospechoso estaba ocurriendo, por lo que Buffett ayudó al director del Sun a encargar una investigación. Y la corazonada de Buffett rindió una primicia importante. De hecho, Boys Town había estado acumulando donaciones, subsidios y fondos hasta amasar unos 18 millones de dólares al año.

El artículo —”Boys Town, ¿la ciudad más rica de Estados Unidos?”— se publicó el 30 de marzo de 1972, y le valió al periódico de Buffett el Premio Pulitzer en la categoría de periodismo local. El artículo enseguida adquirió repercusión nacional y motivó una reforma de la normativa sobre la administración de las organizaciones sin fines de lucro.

Después de ese éxito, Buffett puso la mira en un periódico nacional: el prestigioso Washington Post.

En el verano de 1973 Buffett era dueño de más del 5 por ciento del Washington Post y estaba incluso estrechando lazos con su editora, Kay Graham.

Al año siguiente se integró al consejo directivo del periódico y empezó a asistir a las suntuosas cenas de Graham. Pasó muchas veladas intentando torpemente codearse con invitados famosos como el actor Paul Newman y de no hacer el ridículo frente a respetados senadores, diplomáticos y dignatarios de todo el mundo.

 

Buffett debió enfrentar al inicio bastantes dificultades, incluida una estresante investigación de la Comisión de Bolsa y Valores.

Si se es un inversor tan activo como Warren Buffett y Charlie Munger, se está expuesto a elegir un par de empresas problemáticas.

Cuando Munger se fijó en Blue Chip Stamps, corría el año de 1968 y era común que las amas de casa juntaran sellos comerciales —de uso parecido al de los cupones— cuando hacían consumos en tiendas de comestibles y gasolineras.

Pero con el auge del movimiento de liberación femenina en los años setenta, los sellos se volvieron anticuados, símbolos desagradables de una época menos progresista.

En gran medida como Berkshire Hathaway, Blue Chip se mantenía con vida artificialmente, solo gracias a que Buffett y Munger compraban acciones ganadoras a nombre de cada empresa.

Así, para ayudar a Blue Chip, Munger adquirió el 8 por ciento de Wesco, una empresa de ahorro y crédito infravalorada.

A Buffett también le gustaba Wesco, e igualmente a Santa Barbara Financial Company. De hecho, SBFC quería fusionarse con Wesco.

Pero Buffett consideraba a SBFC una empresa sobrevalorada que no haría sino perjudicar a Wesco. Así que voló a California para hablar con Betty Caper Peters, la sobreviviente de la familia fundadora, y la convenció de que cancelara la fusión. Sin embargo, la decisión hizo que el valor percibido de Wesco cayera de

18 a 11 dólares por acción.

Buffett y Munger se sintieron culpables, por lo que ofrecieron comprar su participación mayoritaria a 17 dólares por acción.

Pero el asunto no terminó ahí: Santa Barbara Financial presentó una queja ante la Comisión de Bolsa y Valores acusando a Buffett y Munger de haber pagado en exceso a Wesco deliberadamente para frustrar la fusión.

1974 fue un año intenso. La Comisión de Bolsa y Valores inició una investigación de la intrincada red de más de 30 empresas de Buffett y Munger. Entre ellas se contaban cinco empresas matrices, como Berkshire Hathaway y Blue Chip, cada una de las cuales poseía otras cinco o más empresas, dueñas a su vez de otras más, y así sucesivamente.

No estaban ocultando nada, pero la complicada estructura aumentó mucho la suspicacia de la Comisión de Bolsa y Valores.

Buffett estaba muy ansioso. Sabía que tan solo ser nombrado en el hallazgo de una irregularidad podía arruinar una reputación para siempre.

Afortunadamente, al final, la Comisión de Bolsa y Valores solo emitió una advertencia por una violación de divulgación en el pasado de Blue Chip, y no se nombró a nadie.

 

Buffett también enfrentó retos en su matrimonio y un litigio entre dos periódicos.

La relación cada vez más cercana entre Warren Buffett y la editora del Washington Post, Kay Graham, al principio molestó a Susie. Pero terminó entablando un romance con su instructor de tenis y le escribió una carta personal a Kay diciéndole que era libre de tener una relación con Buffett.

Sin embargo, en 1977, cuando los hijos habían dejado la casa paterna, Susie decidió que era hora de un cambio radical e hizo preparativos para mudarse a San Francisco.

En muchos sentidos, Buffett nunca creció. Aunque estaba cerca de cumplir 50 años, seguía siendo un hombre desordenado al que le encantaban las hamburguesas con queso y los helados. También continuaba mucho más dedicado a sus negocios que a su familia.

A pesar de todo, Susie seguía amándolo y quería cerciorarse de que lo cuidaran.

Así que cuando se fue, contrató a Astrid, una joven a la que conocía de un club nocturno, para que atendiera a Buffett y le hiciera de comer.

A Buffett lo consternó la partida de Susie, pero al cabo de muchas conversaciones telefónicas entre lágrimas, por fin entendió que ella necesitaba una vida propia.

Astrid terminó mudándose a casa de Buffett, hecho que sorprendió a Susie y Kay, así como a Howie y Susie hija.

Luego, en medio de todo esto, comenzó una batalla legal que Buffett tardaría años en resolver.

A fines de los años setenta Buffett y Munger agregaron otro periódico a su colección: el Buffalo Evening News. Parte de su plan era añadir al periódico una edición de fin de semana que presentarían ofreciendo gratis los primeros cinco números, y los siguientes a un precio de descuento.

Pero su competencia en la zona, el Courier-Express de Búfalo, presentó una demanda alegando que la oferta constituía una práctica desleal.

El juez dejó atónito a Buffett fallando a favor del Courier-Express. En su sentencia, el juez sostuvo que era ilegal vender periódicos gratuitos, y que si el público quería suscribirse a la edición de fin de semana tendría que renovar el pedido cada semana.

Buffett naturalmente apeló la severa sentencia, y en 1981 por fin ganó, pero a esas alturas el periódico había perdido millones de dólares.

 

Su lealtad como amigo llevó a Buffett a Salomon Brothers, donde enfrentó una de sus pruebas más difíciles.

Otra empresa con la que hoy Buffett está muy vinculado es GEICO, una aseguradora de automóviles de la que supo por primera vez cuando estaba en la universidad. De hecho, las acciones de GEICO eran de las primeras que recomendaba a los clientes durante el breve lapso que trabajó en la vieja empresa de su padre, pero no fue sino hasta los años setenta, estando la compañía en crisis, cuando se relacionó estrechamente con ella.

En 1976 Buffett se integró al consejo de GEICO para ayudarle a evitar la quiebra revitalizando su administración.

En esa época un ejecutivo llamado John Gutfreund, que trabajaba en la comercializadora de Wall Street Salomon Brothers, ayudó a Buffett a reunir fondos para sacar adelante a GEICO.

Buffett estaba agradecido por la ayuda de Gutfreund y trató de devolverle el favor cuando Salomon Brothers atravesaba algunas dificultades.

A principios de los años ochenta, las adquisiciones hostiles se convirtieron en una manera habitual de hacer negocios en Wall Street; se usaban bonos basura para enriquecer a los corredores y todo el mundo se endeudaba haciendo transacciones a crédito.

Buffett, que siempre pagaba en efectivo, detestaba esas prácticas, y tampoco simpatizaba con los corredores o analistas que incurrían en ellas. Pero cuando Gutfreund le pidió ayuda en 1986, Buffett accedió a integrarse al consejo de Salomon Brothers.

Buffett tenía tal reputación de estar asociado con empresas estables y confiables que tenerlo en un consejo era una señal clara para todo el mundo de que la empresa estaba en buenas manos y no corría el riesgo de una adquisición.

Sin embargo, Buffett no sospechaba las dificultades que se avecinaban.

En 1991 un empleado de nombre Paul Mozer fue atrapado en un grave escándalo. Había violado múltiples veces la ley federal al presentarse de manera ilegal en licitaciones públicas.

Para colmo, la administración estaba al tanto de lo que pasaba antes de que se conociera la noticia y no había tomado las medidas adecuadas.

Fue a raíz de eso cuando Buffett fue nombrado director general interino, cambió a los directivos y adoptó reformas. La intervención de Buffett fue vital al usar sus contactos para defender su causa y evitar con éxito que el Departamento del Tesoro prohibiera a Salomon Brothers tomar parte en futuras subastas.

 

El éxito de Buffett se ha mantenido sin inversiones en empresas tecnológicas, pese a una amistad reveladora con Bill Gates.

La reputación de Warren Buffett sufrió un revés en los años noventa. Mientras las acciones de empresas tecnológicas se ponían de moda, Buffett mantuvo un desinterés absoluto por el NASDAQ. La gente empezó a decir que estaba atrasado, que era un viejo irrelevante.

Notablemente, a Buffett nunca le preocuparon esas opiniones, y le iba bien sin acciones de empresas tecnológicas.

En realidad, le iba más que bien: entre 1978 y 1991 su patrimonio neto saltó de 89 millones a 3.800 millones de dólares, y sigue en aumento. Y desde que asumió la dirección general de Berkshire Hathaway en 1986, las acciones de la empresa siguieron subiendo como la espuma: se vendieron a 8.000 dólares por acción en 1991 y poco después superaron los 10.000 dólares.

Su trayectoria profesional es prueba de que se puede seguir siendo relevante y próspero mientras se evita el NASDAQ. Buffett era una de las pocas personas que reconocían que lo único que las acciones de empresas tecnológicas hacían sin falta era decepcionar a los inversores a largo plazo.

Aun así, hizo una pequeña inversión en una empresa.

Warren Buffett y Bill Gates acordaron reunirse en una fiesta del 4 de julio en 1991, aunque ambos siguieron pensando que no tendrían nada de qué hablar.

Pero en esa reunión tuvieron una conversación que duró el resto del fin de semana, y siguieron siendo amigos cercanos.

Más adelante, Gates empezó a asistir a las reuniones anuales de accionistas de Buffett, que terminaron siendo tan populares que los boletos podían revenderse por 250 dólares y, al final, Buffett compró 100 acciones de Microsoft.

Buffett y Gates también empezaron a reunirse regularmente para jugar bridge junto con Charlie Munger y Kay Graham.

Durante todos los años noventa y la década de los 2000, los dos contendieron por el título de la persona más rica del mundo. Pero fue su amistad lo que abrió los ojos de Buffett a su verdadero lugar en el mundo.

Después de hacer un viaje a China con Gates, Buffett se dio cuenta de la suerte que tenía de haber nacido en Omaha. Vio claramente que había tenido ventajas que mucha gente en el mundo no tenía, revelación que reforzó su actitud humilde y agradecida hacia la vida.

 

La pérdida de seres queridos en los años 2000 le hizo a Buffett revalorar las cosas importantes.

Las predicciones de Buffett de que las empresas de internet serían una decepción para los inversores ya se estaban cumpliendo a principios de los años 2000, y las publicaciones que lo llamaron irrelevante en 1994 ahora lo consideran un profeta.

Pero el viraje no fue de gran consuelo en 2001, cuando falleció su querida amiga y compañera Kay Graham.

Su relación de 30 años había sido muy estrecha, y él se quedó desolado durante semanas después de la pérdida.

Dos meses después, el 11 de septiembre de 2001, las cosas se pusieron peor.

Buffett tomó lo aprendido de ambos sucesos —que vivimos tiempos inciertos— y empezó a invertir en empresas que ofrecían cierto grado de certidumbre. Esto es lo que lo acercó a negocios como Fruit of the Loom y empresas que fabricaban maquinaria agrícola y ropa para niños.

Sin embargo, a la vuelta de la esquina lo esperaba otro periodo de revaluación.

En 2003 le diagnosticaron a Susie cáncer oral en etapa 3.

Aunque ya no vivían juntos, Susie y Buffett seguían siendo muy unidos. Y aunque a menudo lo vencía el llanto, reconoció lo importante que era tomarse tiempo para cuidar a Susie.

Susie falleció en 2004. Buffett estaba desconsolado, y pasó días sin salir de la cama, incapaz de hablar con nadie. Pero cuando por fin se levantó, había estrechado el contacto con sus sentimientos y tenía el deseo de acercarse a sus hijos.

Creía que había averiguado el secreto de la vida: “… ser amado por el mayor número posible de personas entre tus seres queridos”.

También sabía lo que quería hacer con todo su dinero. Dio el 85 por ciento de Berkshire Hathaway, que en ese momento valía 36.000 millones de dólares, a la Fundación Bill y Melinda Gates, y dividió otros 6.000 millones de dólares entre la fundación benéfica de Susie y las otras fundaciones creadas para sus hijos.

 

Resumen final

El mensaje clave de este libro:

 

Durante gran parte de su vida, Warren Buffett tuvo una sola obsesión: echar a rodar su bola de nieve. Esto suponía invertir y reinvertir las ganancias constantemente. Su método relativamente simple pero riguroso para elegir acciones en las cuales invertir no tenía nada que ver con las tendencias empresariales ni tecnológicas. Aunque podía calcular el valor monetario de una empresa con bastante rapidez, alcanzó el éxito centrando la atención en los elementos humanos de los negocios.

Consejos prácticos:

 

Inviertan con el método de las “20 perforaciones” de Buffett.

Imaginen que tienen una tarjeta que les da solo 20 oportunidades para invertir en su vida. Cada vez que realizan una inversión, alguien hace una perforación en su tarjeta y pierden una futura oportunidad de inversión. Si usan esta filosofía, serán mucho más diligentes con las inversiones que hagan.

Qué leer a continuación: El inversor inteligente, de Benjamin Graham

Warren Buffett quizá sea uno de los más grandes inversores en la historia de los Estados Unidos, pero no es el único gigante de la inversión en ese país. A su lado se encuentra el renombrado inversor y economista Benjamin Graham, que no solo sobrevivió a la crisis financiera de 1929, sino que prosperó a pesar de ella.

Para beneficiarse de su sabiduría inversora —y para descubrir quién es Mr. Market y por qué es tan impredecible y voluble—, consigan los blinks de El inversor inteligente.

 

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